Geopolítica del abismo: hacia la aniquilación mundial

En la historia de las potencias imperiales, la guerra rara vez es únicamente guerra. También es espectáculo, narrativa y, en muchos casos, distracción. El reciente conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a demostrar que la geopolítica contemporánea no se mueve solamente por seguridad o defensa, sino por una compleja arquitectura de poder, propaganda y hegemonía.

Desde una lectura inspirada en el pensamiento del geopolítico ruso Alexander Dugin, el mundo actual atraviesa una confrontación estructural entre dos modelos de civilización. Por un lado, el orden atlántico encabezado por Estados Unidos —una potencia marítima que proyecta su influencia a través del comercio, las alianzas militares y el liberalismo global— y, por otro, los espacios continentales que buscan resistir ese dominio y construir un orden multipolar. 

En ese marco, los conflictos en Medio Oriente no son simples episodios regionales: son piezas dentro de un tablero global donde Washington intenta mantener su hegemonía estratégica.

El eje Washington–Tel Aviv

La coordinación militar entre Estados Unidos e Israel en ataques contra objetivos iraníes no puede entenderse sin observar la profunda interdependencia estratégica entre ambos Estados. En 2026, operaciones militares conjuntas golpearon infraestructura iraní tras el fracaso de negociaciones sobre el programa nuclear, intensificando una escalada que ya ha provocado cientos de víctimas y una fuerte desestabilización regional. 

Sin embargo, la narrativa dominante presenta estas acciones como medidas de defensa preventiva. Lo que raramente se discute es el carácter geopolítico de esta intervención: debilitar a uno de los polos regionales que desafía el orden atlántico.

Desde la lógica duginiana, Irán es un actor clave dentro de los posibles bloques que podrían contrapesar el dominio occidental en un sistema multipolar. La confrontación con Teherán, por tanto, no es solamente estratégica, sino civilizatoria.

Trump y la política del espectáculo bélico

En este contexto, la figura de Donald Trump emerge como un actor que mezcla populismo, geopolítica y teatralización del poder. Su retórica reciente —exigiendo incluso la “rendición incondicional” de Irán— revela una estrategia de presión máxima que apunta más a la imposición que a la diplomacia. 

Pero también abre otra lectura inquietante: la guerra como instrumento político interno.

En momentos en que resurgen controversias mediáticas sobre archivos y escándalos relacionados con figuras de poder, la aparición de una crisis internacional suele tener un efecto predecible: desplazar la atención pública. La lógica es simple y antigua. Nada reorganiza el debate político con mayor rapidez que una guerra.

No sería la primera vez que la política exterior se convierte en una cortina de humo. En la historia moderna abundan ejemplos donde conflictos militares coinciden con momentos de crisis política doméstica.

La geopolítica de la distracción

Para Dugin, el mundo unipolar liderado por Estados Unidos necesita permanentemente crisis que justifiquen su estructura de poder. Las guerras, en esta lectura, funcionan como mecanismos de legitimación del orden atlántico.

Cuando el foco mediático se desplaza hacia misiles, drones y amenazas nucleares, desaparecen del debate otros temas incómodos: redes de poder, escándalos políticos o cuestionamientos estructurales al sistema.

La guerra, entonces, no solo destruye ciudades. También reorganiza la conversación pública.

El peligro de la escalada

La tragedia es que este juego de poder ocurre en una región que ya ha soportado décadas de intervención, conflictos proxy y crisis humanitarias. Cada nuevo enfrentamiento acerca al mundo a un escenario de escalada regional impredecible.

La pregunta que queda abierta es inquietante: ¿cuánto de esta guerra responde a necesidades estratégicas reales y cuánto a la lógica del poder político que necesita crisis para sobrevivir?

Si algo enseña la geopolítica es que las guerras no siempre comienzan en los campos de batalla. Muchas empiezan en las oficinas del poder, en los cálculos electorales o en la necesidad de cambiar la conversación pública.

Y cuando eso ocurre, el precio lo paga siempre el mismo actor: la población civil

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