El domingo 25 de noviembre de 2025, el Magdalena volvió a hablar con claridad: Carlos Caicedo y Fuerza Ciudadana obtuvieron una victoria contundente en la elección atípica a la Gobernación. No fue un triunfo ajustado ni producto de la casualidad. Fue la ratificación de un proyecto que, con todos sus defectos y críticas legítimas, ha logrado conectar con una mayoría ciudadana que se cansó de las mismas formas y caras, los mismos apellidos y las mismas promesas vacías. No valieron las denuncias de clientelismo, los acuerdos cuestionados con alcaldías municipales y los señalamientos de obras inconclusas, de mala calidad y poco útiles, existieron y seguirán existiendo. No fueron suficientes.
A pesar de los esfuerzos, tampoco fue suficiente la alianza improbable que se configuró para esta elección entre la plana mayor territorial y una parte importante de la dirigencia nacional del Pacto Histórico, quienes sumaron fuerzas con sectores de la derecha tradicional. Esta derecha estuvo representada por destacados empresarios y el grupo político que hoy encabeza el Alcalde de Santa Marta. El objetivo era claro: articular una opción política que realmente lograra representar un cambio creíble y efectivo para la ciudadanía.
Sin embargo, el Pacto Histórico sigue sin rumbo definido en el departamento. Luego de recibir en sus filas a alfiles que huyeron del caicedismo, hoy siguen lejos de consolidar una posición propia y puede terminar en diluirse ante esta oportunidad perdida. Como resultado, continúa observando cómo el movimiento Fuerza Ciudadana mantiene y refuerza su posicionamiento en el espectro de la izquierda, sin que estas alianzas hayan logrado desplazarlo o matizar su influencia en la política local.
Y ahí está la primera gran lección: al pueblo no se le derrota con las mismas herramientas que durante décadas lo decepcionaron. No basta con denunciar la corrupción si luego se termina negociando con los mismos que se señalaron como corruptos. No alcanza con gritar “fuera los de siempre” para después sentarse a la mesa con ellos y repartir burocracia. La gente percibe la incoherencia. Y cuando la percibe, castiga.
La última encuesta de Magdalena Líder antes de la elección mostró algo que debería hacer reflexionar a toda la dirigencia nacional: el 38% de los magdalenenses se identifica ideológicamente con el centro. No con la izquierda radical ni con la derecha dura. Con el centro. Con lo práctico, lo posible, lo que resuelve. Ese dato desmiente el relato de que el Magdalena es un departamento “polarizado” o “caicedista por naturaleza”. Lo que hay es una mayoría que quiere resultados, orden y dignidad, pero que no confía en quienes le ofrecen eso mientras negocian por debajo con los mismos de siempre.
Caicedo, guste o no, ha entendido algo que muchos aún no: la política actual no se gana solamente con discursos morales ni con alianzas de escritorio. Se gana conectando emocionalmente, siendo sagaz en los acuerdos, pero sobre todo manteniendo una narrativa coherente de cambio, aunque esa narrativa tenga grietas y muchos detractores. Sus contradictores, en cambio, terminaron validando lo que criticaban: se abrazaron con quienes ayer llamaban “ilegítimos” o “perro e´rico”, se fotografiaron sonrientes con los que tildaban de mafiosos y pretendieron que la gente olvidara sus propios epítetos.
Hoy muchos alcaldes, concejales y diputados que apostaron al caballo perdedor se preguntan qué pasó. La respuesta es simple: no se puede combatir un proyecto popular con las mismas prácticas que el pueblo rechaza. No se puede pedirle a la gente que crea en el cambio mientras se hace exactamente lo mismo que se criticaba.
No es momento de seguir atacando a Caicedo por sus cirugías, su ego o sus elefantes blancos. Eso ya no funciona. Es momento de hacer una autocrítica profunda y honesta. Es momento de desmontar de verdad la corrupción, no solo denunciarla. De condenar las prácticas mafiosas sin excepciones ni cálculos electorales. De construir una política que hable desde el corazón y no desde el guion aprendido.
El próximo paso es nacional. Y el Magdalena acaba de enviar un mensaje claro: la gente está dispuesta a respaldar proyectos que, aunque imperfectos, representen una ruptura real con el pasado, incluso, de los extremos. Pero no tolerará más traiciones disfrazadas de “unidad donde todos caben” ni discursos de pureza que terminan en pactos con los demonios de siempre.
Colombia necesita una política que no vaya hacia los lados, negociando con todo el mundo para mantenerse a flote. Necesita una política que vaya hacia adelante. Que priorice el método, el orden, la transparencia y, sobre todo, la coherencia. Una política que entienda que la unidad no es sentarse con quien sea con tal de ganar, sino construir un proyecto común que realmente le hable a la mayoría que se declara de centro, que quiere resultados y que ya no cree en los salvadores ni en los redentores de última hora.
Aunque hoy siguen predominando liderazgos de egos inflados, nunca estará de mas algún valeroso que enseñe desde el ejemplo, la credibilidad y la honestidad. Falta es motivar a la gente para que abran los ojos del corazón y logren discernir más allá de las emociones inmediatas, evitando decisiones impulsivas y apostando por proyectos que realmente promuevan el bienestar colectivo.
El Magdalena habló. Ahora toca escuchar. Y actuar en consecuencia.




