De presidente, un charlatán

Gustavo Petro fue un buen senador; alguien que se hizo famoso por sus debates contra Álvaro Uribe y el paramilitarismo en las épocas en que estos gobernaron el país. Petro hace uso de una gran elocuencia: habla con seguridad y utiliza palabras complejas para proyectar experticia. Sin embargo, también recurre a la manipulación emocional; es capaz de detectar las necesidades o miedos de la gente —salud, dinero, afecto— y prometer soluciones rápidas que nunca es capaz de cumplir. Muchas de sus afirmaciones carecen de base técnica; se apoyan, en cambio, en testimonios sesgados o teorías de conspiración.

Un charlatán es, en esencia, una persona que utiliza la palabra para engañar, embaucar o vender algo que carece del valor prometido. Históricamente, el charlatán era quien vendía panaceas o medicinas milagrosas en plazas públicas. Prometían curar enfermedades terminales con brebajes que, en el mejor de los casos, eran agua con azúcar y, en el peor, sustancias tóxicas. Petro encaja perfectamente en esta definición; le queda como anillo al dedo. El uso de esa retórica compleja, elaborada y a menudo filosófica, le sirve para evadir preguntas concretas sobre cifras, presupuestos o resultados de gestión. En múltiples ocasiones, el presidente ha difundido datos en redes sociales o discursos que han sido desmentidos por expertos en energía, salud o economía, lo cual alimenta su etiqueta de «vendedor de humo».

Recientemente, el presidente participó en un acto oficial en el Hospital San Juan de Dios para anunciar su reapertura y un convenio para convertirlo en centro de investigación. No obstante, su discurso se desvió por completo, generando comentarios polémicos y fuera de lugar. Petro afirmó que no le interesaba lo que Donald Trump hiciera “en la cama” y añadió sobre sí mismo: “Hago cosas muy buenas en la cama… nadie se olvidará de mí porque seré inolvidable ahí”. También lanzó una referencia religiosa poco convencional al decir que creía que “Jesús hizo el amor, a lo mejor con María Magdalena”.

En el mismo evento, aseguró que los “hombres inteligentes son amados por las mujeres sin importar su físico” y usó ejemplos de conquista ajenos al propósito del acto. Criticó a la prensa llamándolos “periodistas chismosos” y mezcló cultura popular con juicios políticos, diluyendo el foco institucional. Esta conducta se suma a otras afirmaciones insólitas, como cuando dijo que los jóvenes que roban celulares lo hacen “por amor”, para evitar que sus novias los dejen.

El charlatán también señaló que, a su juicio, “es muchísimo mejor vivir en Cuba que en Miami”. Describió a Miami como una “fantasmagoría artificial” o una “lentejuela del capitalismo”, afirmando que carece de identidad y solo intenta imitar a La Habana. Según él, la cultura cubana compensa cualquier carencia frente al “tráfico y estrés” de Florida. Ante esto, incluso el secretario de Salud de Bogotá, Gerson Bermont, calificó el discurso como “muy frustrante”, lamentando que se desviara la atención de la salud pública hacia asuntos personales e imprecisos.

En Colombia nos gobierna un charlatán. Pasamos del demagogo Uribe al charlatán Petro; ambos con discursos dañinos que profundizan las divisiones del país. Lo peor es que el panorama no parece mejorar: el sucesor de Petro podría estar en su misma línea, como Iván Cepeda, o en el extremo de los outsiders con el llamado «Tigre».

Scroll al inicio