MAGDALENA: EL CARÁCTER QUE NOS DEBEMOS:

Hay algo que en esta tierra se nos volvió costumbre: hablar del Magdalena como si fuera una promesa eterna. Siempre “lo que puede ser”. Siempre “lo que va a ser”. Siempre futuro.

Pero el futuro, cuando no se trabaja con carácter, se convierte en excusa.

El Magdalena no es pobre. Es mal administrado.

Santa Marta no es inviable. Es mal pensada.

Y nuestra política no está agotada. Está cómoda.

Y lo cómodo, casi siempre, es enemigo del progreso.

En vísperas de elecciones, el ruido sube. Las banderas aparecen. Los abrazos se multiplican. Las fotos se editan. Y todos parecen tener la fórmula mágica para resolver décadas de atraso en 140 caracteres y una cuña radial.

Pero gobernar no es posar.

Legislar no es improvisar.

Representar no es gritar.

Representar es comprender.

Comprender que este departamento no necesita salvadores, necesita estructura.

No necesita mesías, necesita método.

No necesita caudillos, necesita equipos preparados.

Y aquí es donde debemos hacernos la pregunta incómoda:

¿Estamos eligiendo carácter o estamos eligiendo costumbre?

El carácter político no se mide en tarimas.

Se mide en coherencia.

En disciplina.

En la capacidad de sostener una postura incluso cuando no es popular.

El Magdalena merece dirigentes que sepan leer cifras, interpretar contextos, entender el presupuesto público y hablar con propiedad sobre desarrollo territorial. Que puedan sentarse en Bogotá sin complejo y volver a su tierra sin soberbia.

Santa Marta, con su historia centenaria, no puede seguir dependiendo de ciclos emocionales. Necesita planificación a largo plazo. Necesita visión 2030, 2040, 2050. Necesita liderazgo que piense más allá de la próxima elección.

Porque la política que solo piensa en cuatro años, condena a un pueblo a vivir en cortoplacismo perpetuo.

Y hay algo más profundo aún.

Este departamento no necesita más indignación.

Necesita madurez.

Nos hemos acostumbrado a reaccionar, pero no a construir. A quejarnos, pero no a exigir con argumentos. A votar por simpatía, pero no por competencia.

La verdadera transformación empieza cuando dejamos de romantizar el atraso y empezamos a profesionalizar el servicio público.

El Magdalena tiene talento. Tiene juventud preparada. Tiene empresarios valientes. Tiene campesinos resilientes. Tiene académicos brillantes. Tiene fe. Tiene historia. Tiene ubicación estratégica. Tiene todo.

Lo único que no puede seguir teniendo es mediocridad institucional.

Estas elecciones no son solo un trámite democrático. Son un termómetro de nuestra conciencia colectiva. Lo que decidamos hoy hablará más de nosotros que de los candidatos.

Porque al final, la política no es un reflejo del poder.

Es un reflejo de la sociedad.

Si queremos un departamento distinto, debemos empezar por exigir un estándar distinto.

No más improvisación.

No más comodidad.

No más discursos vacíos.

Carácter.

Método.

Visión.

El Magdalena no necesita que lo rescaten.

Necesita que lo lideren con inteligencia y convicción.

Y eso empieza por entender que el futuro no se promete.

Se construye.

Scroll al inicio