Durante años se habló de Occidente como si fuera un bloque sólido, unido por valores compartidos y una misma visión del mundo. Hoy esa imagen ya no se sostiene. No solo porque otras potencias han ganado peso, sino porque el propio Occidente parece dividido y confundido. Esta fractura interna ha sido observada —y celebrada— por algunos pensadores fuera de Europa y Estados Unidos, entre ellos el ideólogo ruso Aleksandr Dugin.
Dugin sostiene que Occidente ya no es una sola civilización, sino varias. En su visión, existirían distintos “Occidentes” enfrentados entre sí: Estados Unidos, Europa occidental, Europa oriental, el mundo anglosajón y un Occidente liberal que habría perdido fuerza. Para él, esta división no es una crisis que deba corregirse, sino una señal de que el viejo orden está llegando a su fin.
A este proceso lo llama, de forma implícita, balcanización: fragmentación, debilitamiento y pérdida de un centro común. No es una palabra inocente. En la historia europea, balcanizar significó dividir territorios y sociedades, casi siempre con consecuencias dolorosas. Aplicada a Occidente, la idea sugiere que la cooperación, las reglas compartidas y la democracia liberal están condenadas al fracaso.
Trump como acelerador del desgaste
En este contexto aparece la figura de Donald Trump. Para Dugin y otros críticos del liberalismo occidental, Trump representó una oportunidad: un líder dispuesto a romper alianzas, despreciar acuerdos internacionales y cuestionar los valores que durante décadas sostuvieron el orden global.
Sin embargo, Trump no fue un estratega con un plan alternativo para el mundo. No propuso un nuevo orden. Su política exterior fue improvisada, marcada por el conflicto y el repliegue. Se distanció de aliados históricos, debilitó instituciones internacionales y convirtió la diplomacia en un escenario de confrontación constante.
El efecto fue claro: Estados Unidos perdió credibilidad y Occidente perdió cohesión. No porque Trump quisiera construir un mundo multipolar más justo, sino porque gobernó desde la desconfianza y el corto plazo. En ese sentido, fue menos un arquitecto del cambio que un acelerador del desgaste.
El riesgo de creer que todo está perdido
La idea de que Occidente está condenado a dividirse resulta atractiva porque ofrece una explicación simple a problemas complejos. Pero es también una trampa. Presenta la crisis como algo inevitable, casi natural, y oculta las verdaderas causas: desigualdad social, descontento ciudadano, instituciones debilitadas y líderes incapaces de ofrecer soluciones creíbles.
Reducir estos problemas a un choque de civilizaciones, como hace Dugin, es evadir la responsabilidad política. No es la democracia la que ha fracasado, sino la forma en que ha sido gestionada. No es la cooperación internacional la que está agotada, sino la voluntad de sostenerla.
Trump encarnó esa renuncia. En lugar de corregir los errores del sistema, los amplificó. En lugar de renovar el liderazgo occidental, lo vació de sentido.
Una salida aún posible
Aceptar la balcanización como destino equivale a rendirse. La alternativa no pasa por volver al pasado ni por celebrar el colapso, sino por reconstruir con realismo y autocrítica. Occidente puede perder poder, pero no tiene por qué perder sus principios. Puede cambiar, sin romperse del todo.
La verdadera decadencia no está en dejar de mandar, sino en dejar de corregirse. Y en ese punto, tanto las teorías que celebran la fragmentación como los líderes que la alimentan comparten una misma responsabilidad.


