Fajardo: ¿está Colombia lista para un presidente decente?

Llega un nuevo año y las elecciones presidenciales ya asoman en el horizonte. Están más cerca de lo que pensamos. Parecían eternos estos cuatro años de Gustavo Petro, pero justo cuando su gobierno entra en la recta final, sus medidas populistas saltan a la vista con mayor claridad. Petro es, ante todo, un presidente en permanente campaña, más cómodo en la plaza pública que en la gestión. Así actúa buena parte de la izquierda latinoamericana: lo saben bien Caicedo y otros tantos políticos de esta corriente. El libreto no es nuevo: lo enseñó Chávez, lo heredó el caído Maduro y lo aplica Ortega en Nicaragua. El modus operandi es el mismo.

Este año, Colombia tiene la oportunidad de elegir a una persona lejos de los extremos, alguien capaz de recuperar el rumbo de un país que hoy se vive y se piensa con el hígado. Un país atrapado entre la derecha de Uribe y la izquierda de Petro —bonito futuro—, sarcasmo aparte. Y, sin embargo, muchos colombianos parecen antojados de cuatro años más de populismo de izquierda: un gobierno que no ejecuta, que es mal gerente, pero que logra conectar con una parte del electorado, especialmente con quienes compran el relato del “vivir sabroso” o con una base social profundamente desinformada.

En medio de estos días marcados por guerras verbales entre políticos exaltados que gobiernan países, hubo una voz sensata que pidió cordura y explicó cómo bajar la temperatura del debate. Esa voz pertenece a quien, por resultados y trayectoria, merece ser considerado seriamente para dirigir a Colombia: Sergio Fajardo.

Fajardo suele ser reconocido como uno de los mejores alcaldes y gobernadores que ha tenido el país, no por consigna, sino por hechos. Fue alcalde de Medellín en 2004, y su administración marcó un antes y un después para una ciudad golpeada por décadas de violencia, exclusión y estigmatización. Su lema fue claro y coherente: “Medellín, la más educada”. Mejoró la infraestructura educativa, fortaleció la educación pública y superior, y apostó por la educación como herramienta central para enfrentar la violencia, más allá de la respuesta policial.

Medellín dejó de ser reconocida únicamente por Pablo Escobar y pasó a ser ejemplo internacional de innovación urbana y transformación social. Ese cambio de narrativa tuvo efectos reales en turismo, inversión y autoestima ciudadana.

Como gobernador de Antioquia en 2012, llevó ese mismo modelo a un territorio mucho más amplio y complejo. Replicó su obsesión por la educación a nivel departamental, invirtió decididamente en infraestructura educativa en municipios rurales históricamente olvidados y mantuvo un gobierno serio, sin escándalos personales ni excesos. Redujo prácticas clientelistas profundamente arraigadas y fortaleció el liderazgo económico y social del departamento, con énfasis en educación, infraestructura y orden institucional.

La gran pregunta hoy no es si Fajardo sabe gobernar —eso ya lo demostró—, sino si su estilo moderado, técnico y decente puede funcionar en una Presidencia atravesada por la polarización, la inseguridad y una crisis institucional evidente. Vivimos en un mundo marcado por la exaltación del ruido, la mentira y el espectáculo, donde algunos ven en líderes mitómanos y autoritarios modelos a seguir.

Fajardo, en contraste, ha sido claro en materia de seguridad y orden público: el país necesita recuperar el control territorial. Ha cuestionado el llamado “perdón social” para ciertos delitos y ha afirmado que desde las cárceles no se llega a la Presidencia, en alusión directa a debates actuales sobre justicia y paz.

En un país donde la corrupción ha atravesado gobiernos de izquierda, derecha y centro, un presidente éticamente creíble ya marca una diferencia sustancial. Su apuesta por la educación no fue discurso: fue política pública con presupuesto, obras y resultados. Un presidente que piense a 10 o 20 años, y no solo en el próximo titular, es algo que Colombia necesita con urgencia. Hoy, ese perfil es un activo enorme. El país requiere orden institucional, no caudillos.

Fajardo no es un animal político tradicional, y eso puede jugarle en contra. Su estilo calmado y pedagógico contrasta con la política del grito y la confrontación permanente. Petro, en cambio, llegó al poder aliado con figuras como Armando Benedetti y Roy Barreras, demostrando que el pragmatismo sin escrúpulos también gana elecciones.

Sergio Fajardo no es un salvador, pero sí un buen administrador del Estado, un líder ético y serio, y una alternativa real al populismo de derecha e izquierda. La verdadera pregunta no es si él está listo para gobernar, sino si Colombia está preparada para elegir a un presidente decente, sin gritos ni enemigos inventados, en lugar de uno que prometa soluciones mágicas mientras el país se le desordena entre las manos.

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