En el Magdalena estamos viviendo un momento político decisivo: o caminamos hacia una izquierda democrática, plural y territorial, o permitimos que una sola organización pretenda convertirse en la única voz autorizada del cambio. Esa es la disputa de fondo. Esa es la discusión que algunos quieren esconder, pero que se siente en los barrios, en los corregimientos y en cada colectivo social que intenta participar sin arrodillarse ante ninguna hegemonía.
Fuerza Ciudadana ha jugado un papel innegable en la política reciente del departamento. Cambió el tablero y logró irrumpir con fuerza cuando nadie más hablaba de transformación. Pero una cosa es reconocer ese papel y otra muy distinta es tolerar que se imponga como verdad absoluta, como filtro, como árbitro exclusivo del progresismo en el Magdalena. Y menos aún cuando intenta reducir todas las expresiones de izquierda (indígenas, afro, sindicales, campesinas, barriales y políticas)a meros accesorios descartables cuando no se subordinan.
Lo que está en juego hoy no es un ego ni una candidatura. Es algo más profundo: el derecho a existir políticamente sin que un solo sector capture el sentido de la izquierda, sin que se pretenda dividir al pueblo entre “fieles” y “traidores”, sin que se utilice el aparato territorial como herramienta de castigo para quien piensa distinto.
Como militante del Pacto Histórico, yo sí creo en la unidad. Pero la unidad no es obediencia ciega; la unidad no se construye a punta de vetos, ultimátums o linchamientos mediáticos. La unidad verdadera nace de reconocer la diversidad, de entender que el cambio solo se gana cuando abrimos las puertas, no cuando las cerramos.
Hoy, los movimientos de izquierda por fuera de Fuerza Ciudadana (muchos de ellos con décadas de lucha, con raíces profundas en la defensa de la tierra, del agua y del trabajo digno) enfrentan la tarea de defender su autonomía sin caer en la lógica del enemigo interno. Porque eso es exactamente lo que la derecha está esperando: que nos destruyamos entre nosotros mientras ellos avanzan, silenciosos, celebrando.
La apuesta es otra: construir una izquierda capaz de debatir sin destruirse, de participar sin miedo, de disentir sin ser desterrada. Una izquierda que no le tema a la democracia interna, que no le tema a los liderazgos nuevos, que no le tema a que el pueblo decida.
Porque la gran pregunta del Magdalena no es quién manda, sino quién escucha.
No es quién controla, sino quién construye.
No es hegemonía o caos.
Es hegemonía o democracia.
Y yo, como hijo de este territorio, como militante del cambio y como ciudadano libre, elijo la democracia.


