Magdalena: ¿es tiempo de romper barreras?

Hay tierras que no necesitan que las salven, sino que las entiendan.

El Magdalena es una de ellas.

Aquí no faltan discursos, faltan miradas largas. No faltan promesas, faltan decisiones con sentido. Y no faltan líderes de micrófono, faltan personas que primero escuchen antes de hablar.

Uno aprende, caminando el departamento, que la política no fracasa por falta de recursos, sino por exceso de ego. Mucha gente quiere mandar, poca quiere servir. Mucha quiere figurar, poca quiere cargar problemas ajenos como si fueran propios.

El Magdalena no está mal por casualidad. Está así porque durante años se acostumbró a administrar urgencias y no a construir futuro. Se vive apagando incendios, pero casi nadie siembra agua. Se gobierna el día, pero se descuida el mañana.

Y eso también es psicológico.

Las sociedades repiten lo que toleran. Si toleramos improvisación, obtenemos improvisación. Si toleramos distancia, obtenemos gobiernos lejanos. Si toleramos que nos hablen bonito y nos gestionen mal, terminamos creyendo que eso es normal.

Pero no lo es.

Este departamento tiene algo poderoso: gente que quiere hacerlo bien. Jóvenes que no piden puestos, piden oportunidades. Barrios que no reclaman discursos, reclaman presencia. Profesores, emprendedores, campesinos, estudiantes que todos los días practican una política silenciosa: resolver sin cámara, ayudar sin aplauso, construir sin permiso.

Ahí está la verdadera riqueza del Magdalena.

Por eso creo que el cambio no empieza en los cargos, empieza en la cabeza. En cómo entendemos el servicio público. En dejar de ver la política como escalera personal y empezar a verla como responsabilidad colectiva.

No se trata de ser de derecha o de izquierda. Se trata de ser útiles.

No se trata de gritar más duro. Se trata de pensar mejor.

No se trata de parecer líderes. Se trata de comportarse como uno.

El Magdalena necesita una generación que no viva del pasado ni le tenga miedo al futuro. Que no herede la política como apellido, sino que la construya como vocación. Que no vea el poder como premio, sino como herramienta.

Yo escribo porque creo en esta tierra. Porque me duele verla desperdiciar talento. Porque sé que se puede gobernar con más cabeza, más corazón y menos vanidad. Y porque estoy convencido de que cuando una sociedad empieza a pensar distinto, tarde o temprano empieza también a elegir distinto.

No propongo milagros. Propongo método.

No ofrezco espectáculo. Ofrezco criterio.

No prometo salvar al Magdalena. Creo en acompañarlo a que se salve mejor.

A veces el cambio no llega haciendo ruido.

Llega haciendo sentido.

Y el Magdalena, más que voces fuertes, necesita ideas que caminen.

Scroll al inicio