Neoliberalismo y aceleracionismo

Durante décadas, el neoliberalismo se presentó como una promesa de eficiencia, libertad y progreso. Menos Estado, más mercado; menos regulación, más innovación. Sin embargo, en su versión actual, ese relato ya no se sostiene. Lo que hoy vivimos no es solo el agotamiento del modelo, sino su radicalización: un neoliberalismo en modo turbo, impulsado por una lógica aceleracionista que confunde velocidad con avance y disrupción con emancipación.

El aceleracionismo —en sus distintas variantes— parte de una idea provocadora: si el capitalismo genera crisis, entonces la solución no es frenarlo, sino empujarlo hasta sus límites para forzar una transformación. En teoría, acelerar los procesos tecnológicos, productivos y financieros haría estallar las contradicciones del sistema. En la práctica, lo que observamos es algo muy distinto: una intensificación de la precariedad, la desigualdad y el agotamiento social, mientras el colapso prometido nunca llega… o llega, pero siempre para los mismos.

El neoliberalismo actual ha sabido apropiarse del lenguaje de la aceleración. Plataformas digitales, economía “gig”, automatización y promesas de inteligencia artificial se venden como inevitables y deseables. Todo debe ser más rápido: el trabajo, el consumo, la información, incluso la vida emocional. No hay tiempo para deliberar, organizarse o imaginar alternativas. La aceleración se convierte así en una forma de control político: quien corre no cuestiona.

En este contexto, el aceleracionismo deja de ser una crítica radical y pasa a funcionar como coartada ideológica. Se nos dice que el sufrimiento presente es el precio del progreso futuro, que la destrucción de derechos laborales es un “ajuste necesario”, que la exclusión es un fallo temporal del sistema. Pero ese futuro nunca se distribuye equitativamente. La velocidad beneficia a quienes ya tienen capital, datos y poder; para el resto, solo queda adaptarse o quedarse atrás.

La gran falacia del neoliberalismo acelerado es su desprecio por los límites: límites ecológicos, sociales y humanos. El planeta no puede acelerarse indefinidamente, ni las personas vivir en un estado permanente de competencia y ansiedad. Sin embargo, cualquier intento de freno —regulación, redistribución, cuidado colectivo— es tachado de nostalgia, inmovilismo o miedo al cambio.

Criticar el neoliberalismo hoy implica también cuestionar el fetiche de la aceleración. No todo lo nuevo es emancipador, ni todo lo rápido es eficiente. Tal vez el verdadero gesto radical no sea acelerar el sistema hasta que colapse, sino atrevernos a desacelerar: recuperar el tiempo para la política, para lo común y para imaginar un progreso que no se mida solo en crecimiento, sino en vidas dignas.

Scroll al inicio