El pensador y geopolitologo ruso Aleksandr Duguin ha advertido reiteradamente que el mundo contemporáneo se aproxima a una gran guerra no por accidente, sino como consecuencia directa de un orden internacional artificial, sostenido por la fuerza y la imposición ideológica. No se trata de una crisis pasajera, sino del agotamiento del modelo unipolar encabezado por Estados Unidos, que se niega a aceptar el surgimiento de un mundo multipolar.
Estados Unidos se presenta como garante del “orden internacional basado en reglas”, pero esas reglas parecen flexibles cuando se trata de sus propios intereses e inexistentes cuando los pueblos deciden un camino distinto. El derecho internacional, lejos de ser un marco jurídico universal, ha sido reducido a una herramienta selectiva, invocada solo cuando conviene a Washington y abiertamente ignorada cuando estorba a su agenda geopolítica.
Duguin sostiene que el liberalismo global no tolera límites: necesita expandirse, uniformar y dominar. En ese proceso, cualquier nación que defienda su soberanía real se convierte en enemiga. Venezuela es un ejemplo claro y doloroso de esta lógica. Bajo el disfraz de la “defensa de la democracia” y los “derechos humanos”, Estados Unidos ha promovido sanciones, bloqueos económicos, intentos de deslegitimación institucional e incluso la actual intervención directa, violando de manera flagrante los principios de no injerencia y autodeterminación de los pueblos dictados por el derecho internacional.
La obsesión de Washington con Venezuela no es moral ni humanitaria; es estratégica y material. El país sudamericano posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta y ocupa una posición clave en América Latina. Para el voraz apetito geopolítico estadounidense, permitir que Venezuela decida libremente su destino —y que coopere con potencias fuera del eje occidental— resulta inaceptable. Como advierte Duguin, el imperialismo moderno ya no necesita colonias formales: le basta con Estados débiles, gobiernos subordinados y recursos controlados desde afuera.
El problema de fondo, como señala el pensador ruso, es que Estados Unidos no concibe un mundo donde no sea el centro. La multipolaridad representa, para su élite política y financiera, una amenaza existencial. Por eso responde con sanciones, guerras híbridas, revoluciones de colores y presión militar. Esta huida hacia adelante es precisamente lo que empuja al mundo al borde del abismo.
“No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Estados Unidos se niega a reconocer que su hegemonía está en declive y que la imposición constante solo acelera el conflicto global. En lugar de dialogar con otras civilizaciones y aceptar la pluralidad de modelos políticos, insiste en una dominación que ya no puede sostener sin violencia.
Duguin no anuncia la guerra como un deseo, sino como una consecuencia lógica de la arrogancia imperial. Si el orden internacional continúa siendo manipulado por una sola potencia, si el derecho internacional sigue siendo pisoteado y si países como Venezuela continúan siendo tratados como botines geopolíticos, el conflicto será inevitable.
La pregunta ya no es si el mundo cambiará, sino cuánto sufrimiento costará ese cambio. Y en esa cuenta, la responsabilidad de Estados Unidos es imposible de ignorar.


